Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.

Cada día que pasa se parece más al anterior. Me he asegurado de tener una rutina sana. Todas las mañanas saco la cara por la ventana en la búsqueda de alguna señal al frente de mi apartamento que diga que tal vez hoy todo acabe y pueda salir corriendo a abrazar a mi papá, a mami, a abuela Emi. Pero nada. Si pudiera saldría corriendo a hablar con esa amiga de la que me alejé, declararle amor a aquel muchacho que veía de lejos, ir a la feria de la persona agricultora y llevarme la frutas a la nariz para oler su frescura, ver a los chiquillos que hacen hip hop por la Plaza de la Cultura, comprarme un helado, sentarme, hablar con un extraño y dejar esta obsesión por el alcohol en gel.  

¡Qué tiempos para estar vivos! Yo siempre pasé subestimando la capacidad de la realidad de sorprendernos tanto como lo hacen las películas, pero definitivamente esta temporada de la Tierra 2020 está de locos. Me lo tomo con un poco de humor que  hayamos creado propias narrativas apocalípticas en nuestra mente, potenciadas con la sobreexposición a Netflix y sus series vanagloriando a los hombres estadounidenses que salvan o destruyen el mundo, y -bueno- la realidad es que -finalmente- lo que nos ha tocado enfrentar como humanidad es simple: lavarnos las manos, no salir de nuestras casas, aprender a estar solos, ser solidarios con nuestras compras, con otros seres humanos y -por supuesto- trabajar en pijamas, quienes aún logramos tener un trabajo. 

Nunca es un mal momento para recalcar que bajo estos lentes ya muchas cosas dejaron de importar: el traje entero, las reuniones interminables e innecesarias y esa insistencia de mantenernos alejados de nosotros mismos por seguir sosteniendo un status quo, que solo infla el ego, tan frágil como nuestra existencia misma. Tampoco es tarde para admitir que en el momento en que nos cambiaron las reglas del juego y nos dijeron “esta es la nueva normalidad”, caímos todos y todas en pánico y se manifestó por la compra masiva de ¿papel higiénico?. No es para menos, si las industrias cierran sus puertas, TODO  de repente es digital y la presencia de las otras personas a nuestro alrededor podría poner en peligro nuestra salud. 

Durante el día busco espacios para saber cómo están mis amigos en distintos partes del mundo. Le escribo a los que tengo cerca para ver cómo sobrellevan esto, nos decimos “te extraño”, “quiero verte” y fantaseamos con nuestros planes para  “cuando se acabe la crisis”. Vivimos por esa promesa. En el fondo entiendo que nos extrañabamos y no nos dábamos cuenta, estábamos muy ocupados, muy distraídos, muy desinteresados unos por los otros. Ahora queremos vernos la cara, darnos un abrazo y conectar con su humanidad. Tal vez -al final- nuestra gran ganancia será evitar los celulares que dibujan fronteras invisibles  entre nosotros. 

Nos acabamos de dar cuenta que nos extrañamos a nosotros mismos, a las pequeñas cosas que componen nuestras realidades, a eso que damos por sentado.  Finalmente, nos estamos dando cuenta que eso que tratamos con desprecio, más importa: la salud, la paz, el sustento, la esperanza. El golpe en seco que hemos recibido parece ser la única manera de traernos de vuelta a un lugar donde estar presente es el único salvavidas emocional para enfrentar con resiliencia y  la curiosidad nuestra realidad y la de nuestras comunidades. 

El silencio de nuestras ciudades, playas y pequeños pueblos tiene que servir para algo más que quejarnos de cómo la burbuja del privilegio se nos reventó. Este silencio tiene que servir para que podamos escuchar no solo lo que la naturaleza tiene para enseñarnos, sino qué tenemos que aprender las personas unas de las otras. Este silencio tiene que funcionar para que como humanidad podamos recargar de amor por el mundo y logremos sacar la mejor versión de nosotros mismos, trayendo la esperanza y  colocando la valentía como nuestro estandarte. Estamos escribiendo la páginas de la historia de nuestros país y del mundo, es una necesidad casi visceral aportar generosamente desde las acciones más pequeñas para que este mundo sea un mejor lugar para todas las personas, ahora y cuando se acabe la crisis, que al final de esto lo único que tengamos que extrañar es trabajar con pijamas, y no al momento de la “historia” donde aún nos manteníamos humanos.