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Reconocer los derechos humanos, es reconocer la dignidad humana inherente que tiene cada ser humano por el simple hecho de serlo, pero como nos cuesta entender esto, ¿cierto?

El ser humano se ha tomado la atribución por años de segregar, excluir y de poner etiquetas por el simple hecho de que como la persona que está al lado no se parece a mí, no actúa como yo, no piensa como yo y no dice lo que yo digo, entonces simplemente le pongo una etiqueta y la excluyo, claro, es más fácil eso a ponerme en el lugar de esa persona, empatizar con ella, escucharla y comprenderla, conocer sus habilidades y capacidades y generarle las condiciones para que pueda desarrollarse en los diferentes ámbitos al igual que yo lo hago.

Esta falta de empatía ha causado que a quiénes nos salimos de “ese molde”, nos traten como “minorías”, esa palabra que tanto odio porque para mí significa como si se tuviera menos valor, menos derechos, menos dignidad, menos oportunidades, menos condiciones, menos capacidades. ¿Cómo puede alguien tomarse la atribución de categorizarme, sin tan siquiera darse la oportunidad de conocerme? Y peor aún, de esas categorías fastidiosas, hay subcategorías aún más fastidiosas, por ejemplo, a las personas con discapacidad en general nos dicen “discapacitadas”, pero existen las subcategorías, como por ejemplo, inválidos, retrasados, incapacitados, hasta que somos un castigo, entre otros más.

Hace poco en un taller virtual en el que participé, me preguntaron, en 20 años, ¿cuál es su mundo ideal? Y sin duda respondí que mi mundo ideal y a la vez mi meta, es lograr una sociedad donde se respeten los derechos humanos, que entendamos que somos una sociedad diversa porque todas las personas somos diferentes, pero que es en esa diversidad la que nos hace ser personas únicas y maravillosas. Seres humanos que sentimos, que tenemos anhelos y metas y que merecemos tener los mismos derechos.

Hoy se conmemora el Día Nacional de las Personas con Discapacidad y es un buen momento para repensar como sociedad lo que hemos hecho y el rumbo que debemos tomar para romper los muros de discriminación, las brechas de desigualdad y exclusión y los rascacielos de las etiquetas. Que entendamos que no existen minorías ni mayorías, ni un grupo social, ni otro, ni un molde de personas, simplemente existimos personas y que a partir de ahí comencemos a generar una sociedad sin etiquetas.